La búsqueda de la destrucción

Quisiera encontrarte en medio de tanta oscuridad.
Me arranco la piel, y te busco a pesar del dolor bajo los pliegues de la sequedad que aún queda. Pero no te encuentro, y me pregunto si el dolor es indicador que te fuiste, y nada queda bajo la superficie. Pero no me rindo, no sé hacerlo, así que te sigo buscando.
Por qué hace muchos años me dijeron que es así, que hay que sumergirse, escarbar bajo la piel y encontrar la verdad. Debo estar mal, porque yo solo encuentro confusión, vacío, dudas y tu ausencia se me hace cada vez más notoria.
Me vendieron y compré, de esas semillas que uno planta y tiene que crecer la felicidad. Pero por más que intento, nada sale de los canteros. Las semillas parecen morir bajo tierra. Me preguntó si no es fértil, tal vez me vino fallada, tal vez el pasto si es más verde en lo del vecino.
Sigo escarbando, ya no me duele la piel curtida, pero siento dolor en las uñas. Es como si se estuvieran saliendo de su lugar, si estuvieran haciendo demasiada fuerza. No quieren buscar más, quieren dormir, quieren dejar en paz la piel, la tierra y las semillas. Pero no puedo parar ahora, me dijeron que hay que buscar, y eso pienso hacer.
Que el dolor es pasajero dijeron, necesario incluso, pero que una vez que lo pasamos, aparece un manantial de felicidad absoluta. Así que yo sigo, saque otro pedazo de piel, siento la carne viva arder, las manos doler, las lágrimas salir sin control, pero sigo, porque ahí, debo estar más cerca, la solución, la respuesta, está bajo la piel, eso dijeron.
No tengo más piel que sacar, la veo sobre el piso, inerte y muerta, pero aún no encuentro la respuesta. Duele más, querer sacar la carne del camino, las uñas ni siquiera quieren intentarlo, así que lo hago de adentro hacia afuera.
De repente me doy cuenta, ¿Cómo no se me ocurrió antes? ¿Cómo no lo vi? Tan obvio. Si la respuesta está adentro, no hay que entrar desde afuera, es de adentro hacia afuera. Así que me voy mordiendo, arrancando por dentro la carne que estorba. Siento la sangre fluir, acida, casi como azufre recorriendo todo mi interior.
Fluye, parece un rio, me hace arder viejas heridas y se sale por esos lugares dónde escarbe tanta piel que parecen quedar agujeros. La siento fluir al mismo tiempo que siento algo extraño en mi cuerpo, casi creo que encontré la respuesta, ese jardín, el manantial, mi propia sangre corriendo, alejándose de mí, huyendo, hacia otros cuerpos, otras pieles.
Siento sosiego, y siento mi corazón latir desenfrenadamente, parece querer echar la sangre de mi cuerpo. De repente, los oídos parecen chiflar. Sólo puedo concentrarme en ese pitido, y en los latidos cada vez más lentos mientras empuja la sangre (y la vida) fuera de mi cuerpo.

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